Entre los valles de fuego que aun recorro, me encuentro con las cenizas de mi alma; frías muertas, tan muertas como mis sentimientos, sentimientos que alguna vez brillaban con fuerza bajo el sol que ahora me recuerda la maldición que me posee.
Repaso mis manos entre los restos de mi humanidad, basta con tocarlos para que se conviertan en sangre, con extrañesa noto como el elixir de los muertos y los condenados se calienta entre mis dedos; mi rostro muestra la felicidad de tener alimento puro y digno de mi; la bebo con rapidez, aunque sin dejar de deleitarme con su dulce sabor.
Levanto el rostro, y el cielo en llamas me recuerda que, aún en el infierno, no puedo dejar de ir. ¿A donde? Al sitio donde reposa su inerte y delicada figura. Pienso con nostalgia en aquel cementerio, pues fue allí en medio del aire a fresca muerte y la tierra consagrada para la paz del cuerpo, que ella me entragó su ser. Ahí entre recuerdos amargos y rezos perdidos, los cuerpos se mezclaron, ya no recuerdo si con lujuria o con amor encarnado, solo recuerdo sus labios besando mi rostro, sus uñas arañando mi espalda con tal fuerza que de mis heridas brotaban aunque con dolor, exitantes gotas de sangre; recuerdo mis colmillos hundirse con delicadeza entre sus venas, dejando asi caer nuestras lagrimas carmesí sobre el sepulcro de algún desconocido.
Al ver su fría tumba frente a mis ojos, recordé que si era amor lo que alguna vez sentí por ella y con mi sangre y mi llanto regué la tierra que la cubría, así de alguna manera, estaria con ella despues de su muerte, y quien sabe, nos podriamos ver de nuevo en la eternidad, y unirnos de nuevo con la pasión con la que nuestras almas se fundieron ese día...
Entiendo lo que es el verdadero dolor.
Despertar sin un alma;
Existir por siempre, pero solo.
Sé donde nace el sufrimiento.
En las heladas profundidades del vacio corazon del hombre;
Su espíritu se aleja del amor.
Veo la miseria en todos los rostros.
Sabiendo que no hay misericordia, ni gozo ni paz.
Oigo el rencor en cada palabra.
Cada respiro es un ardiente dolor;
Mentiras, engaños e ira distantes.
Siento el odio dentro de la humanidad.
Podredumbre, inmundicia, enfermedad decadencia;
En su defensa, nada que decir.
Pruebo la podrida carne del pecado.
Tóxica putrefacción, amarga y vil;
Malvada por naturaleza, la mente del niño.
Soy la verdad en todo lo que sientes.
Mi humanidad ha sido robada, y mi corazón se ha ido;
Soy aquello que sabes que esta prohibido.
Estoy lleno de miseria y oscuridad.
Sabiendo que no volveré a tener un alma;
Destinado a la soledad, estaré por siempre solo.
Mi ser no puede amar, mi alma está carcomida por el mal, mi corazón esta podrido hasta su centro, por mis venas corre un veneno mortal, y aun así tu sola, lograste calmar al demonio que domina mi cuerpo.
Te ví venir hacia mí, sentí tu piel rozar la mía con ternura, probé de tu boca el sabor de los cielos y los infiernos, te amé y te amo com ángel, te deseé y te deseo como demonia, amo tu cariño y amo tu lujuria, amos tus besos y tu cuerpo.
Sin embargo, todo lo que sentías por mí ha fallecido, solo el recuerto de tu voz en el amargo viento del amanecer me acompaña.
Oh, mi angel muerto! tu memoria llace en la mía, tu sangre corre por mi manos y el letargo eterno de tu odio hacia mí, me incita a rogar por tu perdón; pero no lo haré, no lo haré porque no tengo nada de que arrepentirme, te amé a mi manera y así me aceptaste e igualmente me amaste a la tuya, me amaste hasta el día en que dejaste de luchar, lanzando mi cuerpo al mar del dolor.
Sólo espero, ángel mio, que me recuerdo como aquel que mas te ha amado y que hubiese vendido su alma por ti.
Recuerdame, porque yo jamás te voy a olvidar....
¿Que haceis vosotros humanos, cuando os dais cuenta que vuestra vida se ha desperdiciado por completo en un ser que no podeis dejar de amar, que intentais odiar, a sabiendas que no cocibis un segundo de respiracion, sin estar cerca de esa alguien solemne que da sentido a vuestros amaneceres y comodidad en las noches en que soñais con ella?
Quisiera que uno de vosotros me dijera que hacer entonces, debo confesaros, ilustres lectores, que estoy viviendo un castigo peor a los que fueron sometidos mis blasfemos santos Elizabeth Bathory y Vlad Tepes en el siglo XV, siento un malestar en mi puequeña extencion de alma, siento que muero de nuevo, que cada vez que el sol toca mi piel me siento fallecer y cada luna que alumbra mi rostro me maldice con el profundo odio que se que "ella" me profesa. Ni mis más profundos deseos de acabar con su vida me son suficientes para hacerlo. Me tiene doblegado a su indiferencia tanto como si yo la doblegara a los mas tortuosos crimenes humanos.
No puedo evitar dibujar una sonrisa en mi rostro, una sonrisa no solo de gracia, por saber como esas hermosas criaturas pueden acabar con los hombres, sino tambien de desesperación, por saber que no importa cuanto trate de llamar sus demonio internos y lograr que por fin sucumba ante mi, su fuerza de voluntad es enorme y resiste presiones a las cuales cualquier otra caeria rapidamente. Siento perder mi fuerza cada vez que su rostro cruza, asi sea en un espasmo fugaz, por mi mente....
No importa cuanto dure diciendo lo que siento, ninguno de vosotros, amigos invisibles o inexistentes podria ayudarme, estoy perdido y avergonzado de mi mismo por luchar una batalla tan importante y perderla tan infantilmente.